Ayer por la noche llegué a “mi” casa familiar de vacaciones, cerca de la playa. La casa estaba invadida. Estaba mi hermano, mi primo, sus mujeres, sus hijos, tres cada uno y todos menores de cinco años, y sus empleadas de hogar. Doce, con nosotros catorce, dieciséis con mi perro y el de mi hermano. La casa es un chalet mediano, tiene veintisiete años y unos 200 metros cuadrados sin contar jardín. Para dieciséis queda un poco justa. Mi madre dice que un verano convivimos más de veinte pero no me acuerdo.
Antes que llegáramos, mi hermano había estado durmiendo en nuestra habitación y esta mañana mi sobrina se ha despertado y se ha metido en nuestra cama. A las siete. Pensé que se iba a asustar cuando me viera, anoche cuando llegué estaba dormida, no sabía que había llegado, pero no se ha asustado, me ha observado, me ha sonreído y se ha marchado corriendo a avisar a su madre. Después he salido al jardín a echar un vistazo a la reforma, a la luz del día. Al final del verano pasado mis padres encargaron la reforma del chalet a un vecino que tenía una constructora, el presupuesto era el más barato y además, que fuera nuestro vecino les daba confianza…
Se les habían acabado los baldosines y no encontraron otros similares.
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